del libro ANAM CARA , el libro de la Sabiduría Celta de John O’Donohue
En el mundo de la espiritualidad, el cuerpo ha sido contemplado de un modo tan negativo porque el espíritu se asocia más con el aire que con la tierra.
El aire es la región de lo invisible, del aliento y el pensamiento. Cuando el espíritu se limita a esta región, lo físico se denigra.
Esto es un gran error, porque en el mundo no hay nada tan sensual como Dios. El desenfreno de Dios es su sensualidad.
La naturaleza es una clara expresión de la imaginación divina, el reflejo más intimo del sentido de la belleza de Dios, la madre de toda sensualidad; por eso no es ortodoxo concebir el espíritu únicamente en términos de lo invisible.
Irónicamente, el poder y la energía de la divinidad y el espíritu provienen de esta tensión entre lo visible y lo invisible.
Todo lo que existe en el mundo del alma anhela adquirir forma visible; ahí reside el poder de la imaginación. La imaginación es la facultad que tiende un puente entre lo visible y lo invisible, los representa y articula. En el mundo celta existía una hermosa intuición acerca de cómo lo visible y lo invisible entraban y salían uno del otro. En el oeste de Irlanda abundan las historias de fantasmas, espíritus o hadas asociados a determinados territorios. Para los vecinos del lugar, estas leyendas eran tan familiares como el paisaje. Por ejemplo, existe la tradición de no talar jamas un arbusto aislado en un prado porque puede ser un lugar de reunión de los espíritus. Hay muchos lugares que son considerados fortalezas de hadas. Los vecinos jamás construían allí ni se entrometían en esas tierras sagradas.




